lunes, 16 de abril de 2018

Relato juevero (Ama de casa)






Treinta y seis años. Treinta y seis años de rutinas,

de discusiones, de desaires, de armarios vaciados.

Un beso de: buenos días amor,

otro beso de: buenas noches y a descansar,

que al día siguiente se ha de despertar a las seis.

A quien madruga Dios ayuda.

Pero a Mary nadie la ayudaba.

Los platos quedaban pendientes en el fregadero,

una montaña de ropa en la cesta,

y Mary sentía como todo se le venía encima.

Salía a comprar en el mismo supermercado una o dos veces a la semana,

y aprovechaba el tiempo libre para leer algún clásico o el periódico matinal.

Sin embargo, las noches se les hacía espesas,

como si en su garganta se acumulase todas las tristezas de los años.



Procuraba usar cremas baratas que hiciesen al menos una ayuda

para su rostro cansado y pálido.

Intentaba comprar en los bazares e iba al mercadillo cuando el bolsillo se lo permitiese.

Luego el corazón a mil, la preocupación excesiva,

las desganas de comer, porque siempre les costaba llegar a finales de mes.

Pensaba: trabajamos, nos dejamos los huesos, me dejo la vida en escaleras y portales,

en productos de limpieza, ¿y todo para qué?

Para pagar impuestos, para pagar lo ajeno.

El agua, la luz, el gas, el piso.

¿Qué hay de mí, que hay de darme un capricho caro?

alguna crema de Estee Lauder,

Algún bolso de Judith Leiber,

algún diseño de Chanel, Dior,

algún perfume de noventa euros,

de esos que dejan huella hasta la noche.

Sentirse rica por un día,

lujosa, poderosamente mujer.

¿Quién no lo ha deseado alguna vez?



Las manos de Mary estaban ajadas,

secas. Las uñas a falta de calcio.

Las ojeras presentes,

Los labios firmes, ausentes de sonrisa.



Y es que Mary ya no era Mary.

Ya no era aquella jovencita ansiosa de experiencias,

con un billete destinado a una nueva vida.

Ya no era aquella joven con carpeta de apuntes bajo el brazo

para presentar la solicitud hacia la universidad.

Ya no era aquella jovencita alegre, parlanchina,

de tipo envidiable, cinturita de avispa,

sonrisa ancha y pícara mirada.

Ya no se abandonaba a los placeres de otros cuerpos

y otras bocas.



Mary había dejado de ser Mary cuando murió su madre y tuvo que hacerse cargo de cinco hermanos.

Mary había dejado de ser Mary cuando conoció a Pedro y tuvo a su hija Emily.

Mary había dejado de ser Mary cuando se dejó a sí misma en aquel asiento de tren

con las lágrimas manchándole el jersey que ella misma se había hecho,

para comenzar una nueva vida junto a su futuro marido.

Un hombre que juró sacarla del abismo,

y que incluso construyó su propia casa, allá en el pequeño pueblo,

donde todos se conocían,

y donde Mary terminó por adaptarse.

Pero un corazón ambicioso nunca acaba por amoldarse, conformarse.

Durante esos treinta y seis años Mary había sido esclava de su casa,

de rutinas vacías y sin esperanza,

esclava de los mismos pasos una y otra vez hacia el mismo lugar.

Esclava de la obligación de entregarse a su marido unas dos veces por semana,

siempre en las noches, solo un poco de tiempo,

solo para satisfacerle, para que él estuviese orgulloso de tener dos pares de tetas y una entrada.

Sin preliminares, sin besos largos y entregados,

sin caricias.



Mary se sintió pequeña y cansada.

Cansada de tener como profesión cuidar de su casa,

enjaulada como un pajarillo.

Necesitaba explorar,

desearse a sí misma.

Estudiar hasta sentir como su cabeza se hinchaba de conocimiento.

Necesitaba decirles a los vecinos que estaba bien,

que era feliz.

Sentirse hermosa,

inalcanzable.

Necesitaba algo que ni ella misma podía darle nombre.

Pedro solía hablar con ella,

solo un rato, con cerveza en mano,

y después sus ojos se iban a la pantalla,

hoy toca partido querida,

haz algo, plancha, escucha música, cambia esos muebles de ahí,

o mueve algún cuadro. Cocina, haz la comida para la semana.

Y mary lloraba a escondidas, solo un poco,

no lo suficiente, porque había aprendido a ser una mujer de su casa,

una mujer sin derecho de voto.

Una mujer fuerte,

nunca débil.

Los hombres no querían mujeres débiles ni llorosas.



Y un día sucedió. Sucedió que los platos siguieron en el fregadero,

la cocina descuidada,

las latas de cerveza en la basura sin reciclar,

la cama sin hacer,

el maquillaje barato de Mary encima del tocador.

el armario ausente de su ropa.

Los zapatos desgastados debajo de la cama.

Las ventanas cerradas,

y la persiana a medio subir.

Los papeles del divorcio preparados encima de la mesa.



A Pedro se le cayeron las palabras al suelo,

se le encendieron las mejillas.

Y para evitar el silencio palpable y angustiado de un hogar ausente,

decidió poner el cassette. 

Y vio que una última canción había sido escuchada. 

Cuando lo reprodujo se sintió viejo,

destrozado, roto.

Perales cantaba la balada de una marcha,

de estar harta, de verle cada día, de compartir su cama, de domingos de fútbol,

de la falta de las caricias por la mañana.

Y ese amor, ay ese amor que ya no sabía si era amor se marchó por la ventana.



Y Pedro musitó incansablemente el nombre de Mary.

Lo masticó entre los dientes, con dolor, con rabia.

Y la firma de su libertad encima de la mesa,

la firma de Mary,

y los treinta y seis años tirados a la basura.



Mientras tanto, en el vagón de cercanías,

Mary sonreía por primera vez,

se sintió poderosa, libre.

Llevaba en su regazo los recién imprimidos papeles

para el acceso a la universidad para mayores de cuarenta y cinco años.


Sara G.




lunes, 19 de marzo de 2018

Primavera



Se va el soplo del norte,
la piel fría.
Las hojas muertas y arrastradas en las aceras;
las cortezas frías y ásperas de los árboles,
el murmullo del viento,
la amenazante presencia de la tormenta.

Solsticio de invierno.
La ropa que tarda en secarse,
los propósitos a medio hacer.
Los cristales escarchados.
Las desganas de salir,
la humedad que araña los huesos.

Se va la tristeza del invierno,
las bufandas que aprietan los cuellos,
que esconden la voz.
Pronto quedarán en el armario
las prendas gruesas, las mantas y las orejeras.

Se van los días largos,
las noches a destiempo,
la cruda dedicación del sol,
la pluviosidad. 
La Nieve. 
Adiós a la tristeza de Deméter.

Pronto llegará la bendita primavera
que empieza a brotar débilmente,
Dejándose ver despacio
en los almendros, albaricoqueros, damascos, cerezos.
La caricia del sol que se prolonga,
la primera estación.

Si, se aproxima. 
Lo noto en las sonrisas de los viandantes,
en el leve cambio del tiempo.
Es como una presencia que flota, que palpita. 
El sol, que permanece cómodo,
y las rugosas nubes que se alejan pronto. 
Lo noto en los maceteros, que regados por manos
amorosas, reverdecen. 

Primavera, tu aliento flota.

sábado, 10 de marzo de 2018

Leamos a Tennessee Williams




El otro día descubrí este relato de Tennessee Williams y que me cautivó desde el principio. El transcurso del tiempo se palpa en el rostro triste y dolorido por un amor no correspondido. Un narrador en primera persona nos narra la extraña y curiosidad relación de una pareja judía. Él, un chico inocente y fiel, y ella, una chica ambiciosa. Ambos se conocen desde la infancia. La historia transcurre en una librería que Tennessee Williams nos describe tan bien, pequeña, con olor a libro, un poco oscura. Y la sombra de Tolstoi que se abre en esa puerta, cuando la amada regresa. Un paralelismo a una de esas historias del gran escritor  ruso.



Por Tennessee Williams
La Noche de la Iguana y otros relatos
DeBolsillo, Argentina, 2007



Estaba cansado y me sentía fracasado: el sitio parecía un agujero silencioso en el que una persona podría ocultarse de un mundo que parecía totalmente en contra de ella; y finalmente, Brodzki quiso que su hijo fuera a la universidad; ésos fueron los motivos por los que me convertí en empleado de la librería. La mañana que llegué al trabajo había recorrido las calles durante varias horas con aire atolondrado. En el escaparate de la librería aquel cartel primorosamente escrito, SE NECESITA EMPLEADO, atrajo mi atención. Entré y encontré al propietario, un hombre lúgubre de aspecto judío, al fondo de la tienda, sentado detrás de una mesa de despacho enorme con libros amontonados encima. Me miró de modo penetrante. Lo que le indujo a contratarme me resulta difícil de imaginar. Yo tenía la cara demacrada y el cuerpo consumido debido al insomnio, difícilmente podría haber ofrecido un aspecto muy atractivo. Quizá algo mío le hizo saber el hecho de que yo trabajaría con aplicación y fidelidad a cambio de sólo la tranquila y sombría seguridad que su pequeña librería me podía ofrecer.
En todo caso, conseguí el trabajo y lo encontré muy parecido a lo que quería. Mi vida era gris, pero su grisura quedó compensada, si era compensación lo que necesitaba, con la fortuna de ser testigo de un drama que no era menos intenso, estoy seguro, que cualquiera de los contenidos en los miles de volúmenes que atestaban las polvorientas estanterías de la librería.
En aquella época el hijo de Brodzki tenía dieciocho años. Era del tipo de jóvenes judíos rusos espirituales, místicos, de cuerpo escuálido, piel oscura, rasgos delicados, proporcionados. Nunca le llegué a conocer bien. Nadie lo hizo, pues era huidizo como un animalillo salvaje; el tipo de persona a la que le es completamente imposible acercarse a cualquier distancia socialmente aceptable. Este relato es sobre él; su padre murió a los dos meses de darme el empleo.
El joven Brodzki estaba tremendamente enamorado, y la chica era gentil. Por eso era por lo que el viejo señor Brodzki quería que el chico fuera a la universidad. Como la mayoría de los otros judíos de su generación, se oponía desesperadamente al matrimonio de su hijo con una gentil, y parecía que los dos, si los dejaban en paz, derivarían inevitablemente hacia el matrimonio. El chico estaba con ella todo el tiempo. Nunca estaba con nadie más. Se habían criado juntos; jugado toda su infancia en la misma escalera de incendios trasera; crecieron, se podría decir, el uno para el otro.
No eran completamente semejantes. Existían, claro, las habituales diferencias raciales; la diferencia de la sangre gala con la sangre hebrea, que casi es la diferencia entre el sol y la luna. Pero había más que eso. Había una absoluta antítesis de temperamentos. Él era, como he dicho, tímido, espiritual y místico; ella era algo así como una fuerza salvaje; llena de vitalidad animal, de vida y entusiasmo.
A pesar de eso, se querían enormemente desde la infancia. Él había estado solo, supongo, y ella había estado desatendida.
Cuando la vi por primera vez era una chica de aspecto encantador. Su cuerpo parecía una expresión perfecta de su espíritu. Despedía luz y calor. Pero lo más encantador de todo lo suyo era la voz. A menudo, por las tardes, ella le cantaba, y con tal encanto irresistible que yo nunca podía dejar de escucharla, cualquiera que fuesen mis ocupaciones o pensamientos.
Poco después de que yo hubiera reemplazado al joven Brodzki como empleado de su padre y al chico lo mandasen a la universidad, el anciano enfermó. La señora Brodzki mandó rápidamente a por su hijo, pero antes de que éste hubiese tenido tiempo de volver las velas del candelabro de los siete brazos estaban encendidas, y se entonaban cantos mortuorios en la casa de la familia de encima de la librería. La señora Brodzki no sería tan enérgica como lo había sido su marido. El chico se negó a volver a la universidad, y en menos de un mes él y la chica estaban casados y vivían juntos en las habitaciones del piso alto. Entonces empezó el trágico drama del que, durante quince años, yo fui espectador.
El conflicto entre sus caracteres fue de inmediato tan evidente como lo había sido la devoción del uno por el otro.
La chica nunca había tenido nada. Probablemente durante su infancia muchas veces había necesitado comida y ropas adecuadas. Habría quedado satisfecha, pensaría uno, con su posición como esposa del dueño de una librería que iba bastante bien. Pero ella era una cosilla excesivamente enérgica y ambiciosa. Quería más, mucho más, de lo que le podía proporcionar la modesta librería. Empezó a animar a su marido a que la vendiera y se dedicara a un negocio más lucrativo. No conseguía ver lo imposible que sería eso. Desde que le conocía podía ver que aquel muchacho soñador no encajaría en ningún sitio mejor que una librería. Él, sin embargo, lo veía con claridad. El cambio era algo a lo que temía. Adoraba la sombría oscuridad de aquella pequeña librería; la adoraba tan apasionadamente como la había adorado yo. Por eso fue, aunque él no fuera amistoso, por lo que llegamos a sentir una intensa simpatía el uno por el otro. Aborrecíamos del mismo modo las calles ruidosas que empezaban al otro lado de la puerta de la librería.
La chica andaba detrás de él incesantemente; no le dejaba en paz; concentraba toda su inmensa energía en la lucha con él. Pero el chico encontró en la herencia de su raza la energía para resistírsele. Y lo que sucedió casi al cabo de un año fue esto. Por lo que fuera, ella conoció a un agente de teatro de variedades. El tipo apreció los encantos de su voz y habló a la chica de las posibilidades que tendría en el mundo teatral. Le dijo muchas cosas, supongo, y al final dejó tan completamente fascinada a la chica con las expectativas, que ella decidió abandonar a su marido.
Supongo que yo no tenía lo bastante claro el modo en que el joven amaba a su mujer. Era más que la habitual relación de dependencia propia de los judíos. Su amor por ella era la esencia de su vida. Había un enorme peligro en aquel amor. Cuando se pierde la amada, se pierde la vida. Ésta se hace trizas. Y eso fue lo que le pasó a la vida del joven Brodzki cuando su mujer se marchó con la compañía de variedades.
Debería describir el modo en que ella le dejó.
Una mañana, después de haber hablado, supongo, con el agente de teatro de variedades, ella irrumpió en la librería y llamó a su marido, que estaba desembalando un nuevo envío de libros. La chica tenía una nota histérica, frenética, en la voz, y se apretaba la garganta con una mano como si algo la estuviera asfixiando.
Por el modo en que habló con su marido se habría pensado que mantenían una violenta disputa. Pero la disputa había surgido de un cielo despejado; un cielo, cuando menos, que no estaba más nublado de lo habitual.
Ella le dijo:
-Ya he tirado de la cuerda todo lo posible. Ya no puedo soportar esto más. Te lo he dicho muchas veces, pero es inútil. Ahora tengo una oportunidad maravillosa; y no voy a dejarla pasar. Me voy a Europa con un espectáculo de variedades.
El chico al principio no le dijo nada; tenía aspecto de que le había abandonado toda vida. La siguió, mirándola fijamente sin entender nada, mientras ella se apresuraba escalera arriba hacia las habitaciones donde vivían. Curiosamente, recuerdo que el chico agarraba en las manos un libro encuadernado rojo del que habíamos vendido varios centenares de ejemplares aquella temporada, impertinentemente titulado Idiotas enamorados, y que, a pesar de la auténtica tragedia de la situación, yo contuve con dificultad una sonrisa ante la grotesca correspondencia de aquel título con la expresión aturdida, desamparada de la cara de él.
Cuando ella volvió a bajar pareció que, al fin, el chico había conseguido entender lo que estaba pasando.
-¿Te marchas? -preguntó sordamente.
Ella contestó que se iba. Entonces él se buscó dentro del bolsillo y tendió a su mujer una pesada llave negra. Era la llave de la puerta delantera de la librería.
-Será mejor que la guardes -le dijo, todavía con una completa tranquilidad-, porque algún día la necesitarás. Tu amor no es mucho menor que el mío como para que puedas alejarte de él. Volverás en algún momento, y yo estaré esperando.
Ella le agarró por los hombros, le besó, y luego, jadeando con fuerza, salió de la librería. En el sombrío interior, nos quedamos siguiéndola con la mirada. Juntos, seguimos mirando la calle que los dos aborrecíamos y temíamos; la calle, rebosante de vida e iluminada por el sol, que parecía regocijarse maliciosamente por haberse llevado en su concurrido torrente todo lo que tenía algún valor para el hombre de mi lado.
Durante los meses y los años que siguieron fui testigo de algo que parecía peor que la muerte.
Como dije, la chica había sido la esencia, la vida de él. Cuando se marchó, el chico quedó destrozado. Al principio creí que se sumiría en una completa y violenta locura. Recorría aturdido los retorcidos pasillos de entre los estantes de libros, quejándose y frotando las manos arriba y abajo a los lados de su chaqueta. Los clientes le miraban y se apresuraban a salir de la librería. Traté de convencerle de que se quedara en el piso de arriba. Pero él no quería. No soportaba estar allí, supongo; las habitaciones en las que vivía estaban llenas del recuerdo de ella. Durante varias noches se quedó conmigo en la habitación que ocupaba yo al fondo de la librería. No dormía. Me mantenía constantemente despierto con un murmullo continuo; unas palabras que le dirigía a ella. Más que otra cosa, decían:
-Tú me quieres... en algún momento volverás.
Viendo que no lo superaba, mandé a por su madre, que había ido a vivir con unos parientes. Ella le tranquilizó un poco. Y no mucho después de eso el chico se dedicó a leer.
Se entregó a la lectura como otro hombre se hubiera entregado a la bebida o las drogas. Leía para escapar de la realidad. Y al final la lectura consiguió su objetivo con una efectividad espantosa.
Sentado a la gran mesa cercana al fondo de la librería, leía el día entero, hasta que los ojos se le cenaban de cansancio. Su madre y yo intentábamos que se levantara, que fuera a atender a los clientes, a desembalar y distribuir los libros, no porque se necesitase su ayuda, sino porque considerábamos que estar ocupado le sentaría bien. Parecía dispuesto a hacer todo lo que podía. Pero se había vuelto tan inútil y torpe como un niño pequeño. La lectura constante le había nublado la conciencia, haciéndole increíblemente embotado. Las preguntas más simples que le dirigían los clientes lo desconcertaban. No conseguía recordar los títulos de los libros que le pedían. Paseaba la vista alrededor de un modo absurdo, desorientado, como si acabase de salir de un profundo sueño
Yo había esperado -pues había llegado a sentir por él una intensa piedad y simpatía- que aquel estado sólo fuera temporal. Según pasaban los meses y los años, sin embargo, no daba signos de que fuera a pasar. Aparentemente era un hombre perdido; una vela consumida. No existía esperanza de volverle a revivir nunca. No, a menos que ella volviera a él. E incluso en ese caso -Incluso si ella regresaba-, tal vez fuese demasiado tarde.
Casi quince años después de que su mujer se hubiera marchado, para irse al extranjero con la compañía de variedades, la joven señora Brodzki volvió a la librería. Era a mediados de diciembre; la oscuridad había caído, pero la gente, de compras para navidades, todavía pululaba por las aceras de la dudad. Su aliento empañaba el escaparate de la librería, lo recuerdo, con una escarcha brillante.
La librería estaba cerrada y todas las luces apagadas a no ser la bombilla colgada encima de la mesa del fondo, donde estaba leyendo Brodzki. Yo me encontraba parado junto a la puerta, interesado por el espectáculo de los que pasaban. Un coche con un apuesto chofer se detuvo en el bordillo y una mujer, envuelta en pieles, surgió del compartimento trasero. Una farola de la calle se alzaba directamente encima del coche, conque cuando la mujer volvió su cara hacia la librería supe de inmediato que era ella.
Con una extraña sensación de terror me retiré de la puerta, medio escondiéndome entre las oscuras estanterías. Ella se acercó a la puerta, abriéndose paso impacientemente entre la multitud de compradores. En apariencia no había cambiado; en la cara y los movimientos del cuerpo, intensamente iluminados por la farola, estaba tan intensamente viva como antes. ¿Por qué había vuelto?, me pregunté. ¿Se había cumplido la profecía de su marido y al cabo de quince años había descubierto que su amor por él había sido demasiado fuerte para rehuirlo?
Iba a obligarme a mí mismo, con la menor gana posible, a volver a la puerta y abrirla, cuando sonó una llave en la cerradura. Todavía la tenía; ¡la llave que le había dado él aquella mañana de quince años atrás!


***

En un momento la puerta estaba abierta y ella se encontraba en el interior de la librería en penumbra. La oí respirar profundamente. Paseó la vista a su alrededor con ojos brillantes, pero por algún motivo no llegó a distinguirme mientras yo estaba estúpidamente acurrucado en un rincón entre las estanterías de libros. Pude notar que estaba terriblemente nerviosa. Se agarraba la garganta con una mano enguantada, igual que había hecho la mañana en que se marchó; como si alguien la estrangulara.
En los quince años transcurridos desde que se marchara, el local había cambiando tan poco, de hecho, que debía de resultarle sumamente difícil creer que aquellos años habían pasado de verdad. De pronto debían de parecerle completamente increíbles, como un sueño fantástico. La penumbra, las extrañas sombras de las mesas y los estantes, el olor a papel, el sonido amortiguado de la calle abarrotada; todo eso debía de resultarle tan agobiante como en aquellas tardes de invierno, quince años antes, cuando solía bajar de las habitaciones del piso alto para ayudarle a cenar la librería.
Debía de tener la sensación de que retrocedía, literalmente, en el tiempo.
Apretándose un diminuto pañuelo en los labios, parecía hacer esfuerzos por contenerse. Avanzó silenciosamente. Entonces ya debía de haber visto que él estaba sentado a la mesa. Sólo le resultaba visible la coronilla; lo demás quedaba oculto por un libro enorme. El pelo, espeso, de un negro azulado y despeinado, le brillaba intensamente bajo la bombilla eléctrica. Se me ocurrió, con repentino horror, que ella podría encontrar que físicamente él casi no había cambiado. En aquellos quince años su marido no había envejecido de modo perceptible; carecía además de vida, habría parecido, para hacerse mayor.
Me dije que debería adelantarme y prepararla para lo que se iba a encontrar. Pero algo me impidió moverme de mi escondite de entre los estantes de libros. La observé mientras avanzaba hacia la mesa y me pareció notar la intensidad de su emoción. Una intensidad que parecía atravesarme; y de modo insoportable.
Muchas veces me pregunto en qué estaría pensando ella cuando se detuvo delante de la mesa, bajando la vista hacia el hombre al que había amado apasionadamente cuando era su marido quince años atrás. Perfectamente podría sentirse desconcertada, entonces, ante el extraño ensimismamiento con el que leía él, sin que aparentemente hubiera tomado conciencia del sonido de su entrada y de sus pasos; del crujido de éstos en las vetustas tablas del suelo. A lo mejor, con todo, ella estaba rebosante de alegría, y de una especie de terror, como para preguntarse nada.
Con voz aguda, temblorosa, dijo el nombre de él:
-Jacob.
Con un espasmo, él alzó la cabeza y miró en su dirección con ojos que parpadeaban, que bizqueaban. Los momentos pasaron despacio, insoportablemente lentos, mientras yo los veía mirarse uno al otro.
Había esperado que ella se echase a llorar y se lanzara hacia su marido; lo cual, seguramente habría sido lo natural que hiciera. Pero la falta de vida, la ausencia absoluta de reconocimiento de los ojos de él, debían de haberla contenido. ¿En qué estaría pensando? ¿Supondría que él se negaba deliberadamente a reconocerla? ¿O imaginaba que los quince años la habían cambiado hasta el punto de que él no la reconocía?
Cuando yo pensaba que el propio aire debía romperse debido a la tensión, él habló.
Le dijo, con aquella voz sin expresión, temblorosa, que se había convertido en la suya habitual, estas palabras:
-¿Quiere un libro?
Ella se llevó la mano enguantada a la garganta y soltó un leve jadeo. Me alegró tenerla de espaldas y no poder verle la cara. Los angustiosos momentos pasaban muy despacio mientras los dos continuaban mirándose uno al otro. Al final, ella debió de llegar a una conclusión; decidió que los quince años le habían afectado mucho más a ella que a él, y que le resultaba irreconocible. En cualquier caso, pareció que ella se recuperaba. El cuerpo se le relajó algo y se quitó la mano de la garganta.
-¿Quiere un libro? -repitió él.
Ella tartamudeó:
-No... bueno... quería un libro, pero he olvidado su título. Enfrentada a aquellos ojos que miraban fijamente, debía de haber encontrado completamente imposible decir directamente: -Soy Lila. He vuelto contigo.
Debía de haber recurrido a aquel pretexto de que había venido a por un libro, como un modo de revelarle quién era con una franqueza menos embarazosa.
Sentándose en un taburete, cerca de la parte delantera de la mesa, dijo:
-Deje que le cuente el argumento. A lo mejor lo ha leído y puede decirme el título. Es sobre un chico y una chica que habían sido compañeros constantes desde la infancia. Querían estar juntos siempre. Pero el chico era judío y la chica era gentil. Y el padre del chico se oponía tajantemente a que su hijo se casara con alguien que no fuera de su propia raza. Mandó al chico a la universidad. Pero al poco tiempo, el padre murió y el chico volvió y se casó con la chica. Vivían juntos en unas habitaciones de encima de una pequeña librería que el padre le había dejado al chico. Habrían seguido juntos perfectamente felices a no ser por una cosa; la librería proporcionaba poco más de lo escaso para vivir, y la chica era ambiciosa. Ella adoraba al chico, pero su descontento aumentó y continuamente metía prisa a su marido para que se dedicara a algún negocio más rentable. Pero el chico era muy diferente a la chica. La quería tanto que haría lo que fuese por ella; pero era incapaz, por lo que fuera, de renunciar a la librería que había pertenecido a sus padres. ¿Entiende? El chico era soñador, sentimental, un Judío raro. Y la chica nunca conseguía ver las cosas desde su punto de vista. La familia de ella, que había muerto y la había dejado con una tía viuda, era de origen francés. Debido a ello, la chica había heredado una gran energía, sentido práctico y amor hacia el mundo. Al cabo de un tiempo, la chica recibió la oferta del agente de una compañía de variedades para que hiciera gala de su talento musical sobre un escenario. Cegada por la brillante perspectiva de una carrera teatral, ella decidió aceptar la propuesta del agente de la compañía de variedades. Volvió a la librería y le dijo a su marido que le iba a dejar. Él fue demasiado orgulloso para hacer el menor esfuerzo por retenerla, y en lugar de eso le entregó una llave de la librería y le dijo que algún día ella volvería; y que siempre la estaría esperando. Aquella noche ella embarcó rumbo a Inglaterra con el espectáculo de variedades. Tuvo un éxito enorme en los escenarios de Londres. Se convirtió en una cantante famosa y recorrió todos los países más importantes de Europa. Llevaba una vida desenfrenada y arrebatadora, y durante extensos periodos ni siquiera pensó en el judío soñador que había sido su leal marido, ni tampoco en la pequeña y polvorienta librería donde habían vivido juntos. Pero la llave de aquella librería, que le había dado su marido, permanecía en su poder. No podía obligarse, por lo que fuera, a deshacerse de ella. La llave parecía apegarse a ella, casi con una voluntad propia. Era una llave de aspecto raro, antigua, pesada, larga y negra. Sus amigos se reían de ella porque siempre la llevaba encima y la chica se reía con ellos. Pero poco a poco empezó a darse cuenta del motivo por el que la conservaba. El encanto de las cosas nuevas con las que había llenado su vida empezó a desvanecerse y dispersarse, como una niebla, y la chica veía, brillando entre ellas, la auténtica y profunda belleza de las cosas que había dejado atrás. El recuerdo de su marido y de su vida juntos en la pequeña librería cada vez acudía a su mente con más intensidad y de modo más obsesivo. Finalmente ella comprendió que quería volver; que quería entrar en la librería con la llave conservada durante quince años, y encontrar que su marido todavía la esperaba, como prometió que haría.
La mujer se había levantado del taburete; el cuerpo le temblaba y se agarraba a la mesa como apoyo.
Hubo momentos de quietud, de una calma completa. Cuando la mujer volvió a hablar había una nota de terror en su voz. Debía de haber empezado a darse cuenta de lo que había pasado; de en qué se había convertido el hombre que había sido su marido.
-¿No recuerda... tiene que recordarla... la historia de Lila y Jacob?
Ella escudriñaba desesperadamente la cara de su marido, pero en la cara no había nada más que desconcierto.
-Hay algo que me suena en la historia. Creo que la he leído en alguna parte. Me recuerda a algo de Tolstói.
Desde mi refugio entre las estanterías de libros oí un fuerte sonido metálico que debía de ser el de la llave al caer al suelo. Y luego oí las largas zancadas de ella entre la confusión de mesas y estanterías. Debía de estar dándose prisa, presa de un ciego frenesí, para salir de aquel sitio. Cerré los ojos, sin atreverme a verle la cara y el horror que debía expresar, hasta que la puerta se cerró detrás de ella. Cuando los abrí, el hombre del fondo de la habitación tenía oculta la cara otra vez detrás del enorme libro, y había reanudado la lectura con su aterradora tranquilidad de costumbre. Su mujer había vuelto a él y se había ido de nuevo, y todo era tan fantásticamente igual que podría creerse que había ocurrido en sueños, si yo no hubiese visto, caída en el suelo, la pesada llave negra de la librería.



(Texto sacado de la página ciudad Seva)

lunes, 19 de febrero de 2018

Algo se nos va




Hay un suspiro que se nos escapa, uno sin nombre ni identidad.
Tu voz ausente flota en la nada,
en este espacio intercalado.
No demos tregua a una batalla, no es lo nuestro.
Tus besos han perdido sus arrebatos,
pero nuestras sábanas aún guardan la caricia sonámbula.
Hay un suspiro que late en mis ojos,
 que escapa por las rendijas de la ventana,
¿Puede acaso un suspiro, un hilo latiente, matar?
¿Hay una verticalidad en este fragmento herido?
Algo se nos va, algo flota, algo es enterrado en el lodo.
¿Quién de los dos teme a la luna?
¿Son acaso tus dedos secos y cansados?
 Fue el primer suspiro lo que nos hizo arrancar la rutina de ferviente deseo,
y fue el último suspiro el que limitó las siguientes partidas.



jueves, 25 de enero de 2018

Máscaras






Máscaras: sellos falsos de identidad,
bosquejo de mapas perdidos y tesoros escondidos.
Un anagrama de sonrisas que se pierde en el aire.
La afirmación de lo temido, lo olvidado. Un hueco hiriente.
Estancarse en un mismo lugar.
Máscaras: un baile de espirales que se mueven por las esquinas,
calles, letreros, fachadas y en semblantes de rostros que se amasan entre sí.
Máscaras en nuestros dedos, ansiosos de agarrar lo invencible.
Un silencio que se palpa y se intuye.
Una respuesta invertida.
Se hincha en el pecho los sueños dormidos.
Máscaras que rompen la monotonía,
Que hacen salpicar a los demás.
Una soga en el cuello y arrastrarse con ella.
Máscaras que hacen querer ser lo que uno se atreve,
Ser aceptado en las leyes ajenas.

Una lágrima que raja la mejilla y que luego es empujada por el dedo que oculta una verdad.
Rostros que a veces son heridos por la brutalidad de una sonrisa fingida.
Lo que parece normal es tan solo el preámbulo de una nueva escena que se oscurece y sorprende.
Pasos fingidos para caer en la realidad castrada.
Para ser nombrado mediocre en una sociedad enjaulada.

Todos llevamos una máscara que hiere, mata o salva.


martes, 23 de enero de 2018

Soy vertical ( Sylvia Plath)






Hoy no sé por qué vino a mi mente Sylvia Plath. Hace años leí su aclamada y única obra literaria llamada:  Campana de Cristal. Me desconcertó. Pero vi tanta belleza en su desesperación, en su incomprensión. No obstante dejó un legado que la inmortalizó: sus poemas. Y es por eso que atrapada por ellas, he decidido publicar unas cuantas, porque merece la pena hacerlo.



Soy vertical.

Soy vertical, pero preferiría ser horizontal.
No soy un árbol con las raíces en la tierra
absorbiendo minerales y amor maternal
para que cada marzo florezcan las hojas,
ni soy la belleza del jardín
de llamativos colores que atrae exclamaciones de admiración
ignorando que pronto perderá sus pétalos.
Comparado conmigo, un árbol es inmortal
y una flor, aunque no tan alta, es más llamativa,
y quiero la longevidad de una y la valentía de la otra.
Esta noche, bajo la luz infinitesimal de las estrellas,
los árboles y las flores han derramado sus olores frescos.
Camino entre ellos, pero no se dan cuenta.
A veces pienso que cuando estoy durmiendo
me debo parecer a ellos a la perfección
oscurecidos ya los pensamientos.
Para mí es más natural estar tendida.
Es entonces cuando el cielo y yo conversamos con libertad,
y así seré útil cuando al fin me tienda:
entonces los árboles podrán tocarme por una vez,
y las flores tendrán tiempo para mí.


Solterona.

Esta chica de quien hablamos
en un paseo de abril ceremonioso
con su último pretendiente
súbitamente se asombró muchísimo
del charlar de los pájaros
y las hojas caídas.

Así, afligida, ella
vio que los ademanes de su amante
agitaban el aire y se irritó
entre el caos de flores y de helechos
acres. Juzgó los pétalos
confusos, la estación ajada.

¡Cómo deseó el invierno!
Austeramente, en orden minucioso
de blanco y negro
de hielo y roca, todo deslindado,
de corazón a fría disciplina
sometió, exacto cual copo de nieve.

Pero he aquí: un capullo
de sus cinco sentidos de gran dama
una grosera confusión deduce:
traición intolerable. Que el idiota

se rinda al caos de la primavera:
prefirió retirarse.

Y rodeó su casa
de alambradas y muros impasables
contra el tiempo rebelde
tanto que nadie lo rompiera
con maldiciones, puños, amenazas,
ni con amor tampoco.



Aparición.

La sonrisa de las neveras me aniquila.
¡Qué corrientes por las venas de mi amada!
Oigo ronronear su gran corazón.

Conjunciones y signos de porcentaje
exhalan sus labios, como besos.
En su mente hoy es lunes: la moral

se lava y se presenta ante mis ojos.
¿Cómo interpretar tales contradicciones?
Llevo puños blancos, me inclino.

O sea: ¿es amor esta roja tela
que fluye de la acerina aguja y vuela tan cegadoramente?
Con ella haré vestiditos y abrigos,

y vestiré a una dinastía entera.
Cómo se abre y ciérrase su cuerpo:
¡un reloj suizo, y con rubíes en los goznes!

¡Ay, corazón, qué desbarajuste!
Las estrellas pasan centelleantes como agoreros números.
ABC, dicen sus párpados.








miércoles, 3 de enero de 2018

Este jueves un relato: Jugar con fuego.




Cora sentía debilidad por el fuego desde pequeña. Cuando cumplió los cinco años solía coger la caja de cerillas y encender un fósforo tras otro. Su padre estaba cansado de dejarle las manos enrojecidas por los golpes de la educación. Y su madre… bueno ella nunca estaba en casa. Cuando regresaba en las noches con su rostro derramado en maquillaje y sus labios pintados de rojo, Cora se preguntó si su madre nació con esos labios. Es el color del fuego, le había dicho una vez su padre y aquello se le quedó grabado en la memoria. Con los años, Cora también maquilló sus labios de ese mismo color y a su madre no pareció importarle, de hecho sonreía orgullosa, como si su hija fuera un vivo retrato de ella. No obstante, Cora era una niña especial, quizá complicada. No hablaba demasiado, se escondía siempre, leía las revistas sexuales que su padre escondía bajo la cama y hacía siempre lo mismo: encontrar todas las cajas de fósforos que su padre escondía sin éxito y encender todos los fósforos. Debía ser que le encantaba el calor que emanaba de la llama o la peligrosidad que ello conllevaba. Le encantaba el olor del humo después de apagarlo. Empezó a comprar montones de velas y dejarlas encendidas toda la noche. Esa vez su padre le pegó bien fuerte. Pero cuanto mas golpes recibia Cora, más fuego prendía. Tu madre es lo peor que hay en esta casa, tiene fuego en todas partes y tu has salido a ella, me vais a volver loco, gritaba su padre. Y Cora sonreía. Se relamía los labios y gastaba un pintalabios entero en un día.

Conoció a cientos de chicos pero ninguno consiguió entender porqué Cora amaba tanto el fuego. Les asustaba. Una fría tarde de invierno, sin que sus padres estuvieran en casa, Cora decidió invitar a los de su clase. Solo vinieron cuatro chicos y tres chicas. La casa de Cora era toda lujuria. Había puesto en las paredes diversas telas de transparencias rojas y rosadas. Su cama estaba llena de pétalos rojos y toda la casa resplandecía por las velas. Puso incluso música actual para que esa vez no pensasen que fuese rara, ya que sus gustos musicales derivaban entre Enya y Loreena McKennitt. Pero la fiesta fue un fracaso. Las tres chicas la miraron ceñudas y pusieron como excusa no encontrarse bien. Y los chicos, al ver las velas también dijeron de irse. Solo quedó uno. Un chico llamado Gustavo, al que apodaban: Gustav. No sabia porque se había quedado. Debió percibir el fuego en los ojos de Cora, en su perfume, en su sonrisa, en su boca, en su cuerpo. La tocó con delicadeza, sin temor a quemarse. Cora miró de reojo la puerta y las llamas de las velas parpadearon como asustadas, tal vez queriéndola advertir de algo. Se besaron, y Cora se sintió arder por dentro. Un fuego hermoso, una calidez que jamás había sentido de esa manera. Pero sucedió lo inevitable. La puerta se abrió. Y Cora vio en su padre a un demonio. Gustav fue despechado de su casa de malas maneras y Cora por primera vez sintió fuego incluso en sus lágrimas.

-No sé que he hecho mal, Cora. No sé de qué forma estás hecha. Ni siquiera sé si eres humana. Apaga todas esas velas y ve a la cama. Tu madre ya mismo llegará y no le gustará ver todo esto- Y fue esa orden, lo que hizo cambiar a Cora. El fuego que emanaba de su persona se fue apaciguando con los años.